Blanca Navidad, Dulce Navidad

Historia basada en hechos reales. AVISO: El siguiente relato podría herir la sensibilidad de los lectores más tradicionales.

Oh, blanca Navidad, dulce Navidad. La Navidad. Días que brillan con una luz muy especial, entre dorada y blanquecina, como de muerto. Reuniones familiares en torno a una mesa decorada de purpurina en la que la mitad de la comida acabará en un Tupper y recalentada. Villancicos. El cuñado de los chistes. La lotería. Risas. La tía gritona. Cortilandia. El primo adolescente. Bailes. Los mazapanes. El abuelo borrachín. Y el anuncio de Campofrío, claro que sí.

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Pues para mí el domingo pasó como un domingo más, pero con dos patitos. Sin tele. Sin noticias de Gurb. Ni de Antena 3. A 200 metros sobre el mar con una vista que te caes de culo, con el Teide de fondo, con su pico nevado, que parecía sacado de una caja de Toblerone. Y en tirantes. Por la tarde subimos a ver la actuación de Navidad de los niños… No los de San Ildefonso. ¿Sorteo de Navidad? Me enteré al día siguiente, cuando llegué al trabajo, porque a uno de los cocineros le había tocado el segundo premio… que si no igual hoy seguiría ajena al acontecimiento.

La tarde de Nochebuena salí de trabajar a las 18:00h. Hicimos un par de tortillas de patatas, agarramos una botella de cava y pusimos rumbo a casa de mi “cuñada”. De camino, entre curva y curva, le dije a Yaron que me daba pena no estar con mis padres esa noche, con mi “familia”. Mi primera Nochebuena lejos de “casa”. Él me miró y frunció los labios con ternura. “Ya… Siento que no puedas ir esta noche a la Puerta del Sol”. Pestañeé dos veces con incredulidad, aparté mis ojos de los suyos y volví a mirar a la carretera. Nos quedamos en silencio un rato. Pensativos. “Ehm. Bueno, pues por lo menos vamos a cantar unos villancicos”. Y él me sonrió y se arrancó a cantar… “Abuelito dime tú”, mientras me sonreía con entusiasmo. Fruncí el ceño. Miré de nuevo a la carretera y le cogí la mano. Mejor estamos calladitos.

La cena fue bien. Mi “cuñada” es muy maternal y preparó una tarde-noche divertida a la que se sumaron buenos amigos. Comimos lo justo, tomamos dulces, buen vino y bailamos. Los tradicionales villancicos de Mariah Carey que solían hacer eco en el salón de casa de mis padres, en Madrid, fueron sustituidos por Michael Buble. En bucle. Y temas dance del momento. A media noche mi “cuñada” sugirió ir a Misa del Gallo. Uy. Mejor nos vamos a casa, que mañana tengo que trabajar. Mua, mua. ¡Hasta mañana! Gracias. ¡Feliz Noche!Image

El 25 por la mañana a las 08:59h, como un reloj suizo, ponía el culo en mi silla, frente al ordenador, en la oficina. Podrán decir que apuro, pero nunca que llego tarde. Hoy no iba a ser menos. Y efectivamente, hoy no ha sido un día muy tradicional, ni siquiera algo especial. Tras escuchar bastantes gruñidos, enfrentarme a no pocas caras largas y ser partícipe de la desmotivación y languidez general, he bajado a almorzar. Paella. Uf. Casi me quedo con la paella del año pasado en Tenerife, cuando esperaba que saliera el barco a las 16:00h, porque los vuelos se habían cancelado ese día (sí, Navidad) por viento. Al menos el año pasado pude ahogar la pena en cerveza. Pero este año no: Paella, agua del grifo y unas patatas gratinadas en cemento armado que parecía bechamel. Vaso de duralex. Servilleta de papel. Y para colmo ni un postre, ni tan siquiera unos polvorones o un trocito de turrón. No había visto algo tan dramático desde la Última Cena.

Cuando he vuelto a mi silla debía de tener la cara como el payaso que no usa Micolor. Sí. Menos mal que Christina, mi compañera, me ha invitado a un Hanuta. Por fin un toque dulce de felicidad. Mi ánimo ha seguido in crescendo al empezar a recibir videos de mi mamá, mamaíta, en los que mi familia me saludaba efusivamente. Incluida la hija de mi prima, de 9 años, a la cual vi por última vez en los 90, aproximadamente. Pero ¿qué queréis que os diga? La sangre tira y yo a mi familia la quiero. A todos. Con todas sus imperfecciones, porque ninguna familia es perfecta y la mía es maravillosa.

Sin embargo, lo que realmente ha salvado el día de Navidad ha sido algo que he encontrado en el coche a la salida del trabajo. Una carta. Con un corazón dibujado y unos versos escritos dentro. Una canción preciosa… No es un villancico. Y quizás necesita una revisión ortográfica, pero eso hoy me da igual. Es un gesto inmenso y hermoso, un gesto de amor que me ha llenado de paz y me ha hecho sonreír. Me ha emocionado. Y de eso va la Navidad, supongo, de amarse y ser generosos.

Porque no hace falta emborracharse, ni ponerse morado, ni tampoco comprar regalos caros. Lo realmente importante, y no solo en Navidad, sino todo el año, es contagiarse de amor y felicidad. Compartir tiempo y cariño. Por eso, después de unos días de “fiesta” bastante atípicos y algo rancios, creo que por fin estoy preparada para compartir, de corazón, un: ¡FELIZ NAVIDAD!

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