Typical Gomero

La tormenta perfecta

Dicen que es “la tormenta perfecta“. Lluvia torrencial, vientos de 100 km/hora, rugido de las olas que eriza la piel… Dicen que acaba de empezar. Y mi Vero que llega mañana en el ferry de las 14h. Menuda bienvenida, Gomera, ya te vale.

En fin. Ayer no hizo tan malo. De hecho, fue una tregua en mitad de la tormenta que comenzó el fin de semana y provocó decenas de goteras en casa de Yaron la noche del domingo. Fue divertacongojante. Tal cual. Lo menos divertido era salir al baño para hacer pis. Para los que no lo recordéis, el baño de casa de Yaron está a unos 5 metros del resto de la casa, lo cual viene bien para tirarse un pedo, pero fatal para cuando hace frío fuera y tienes pipí, la verdad. Lo más divertido fue ver las gotitas caer del techo en plan principio de estalactita y buscar los charquitos por la casa, para poner una botella vacía encima. Hoy me han enseñado fotos del hotel de la última tormenta y estaba todo el suelo lleno de cubiteras, macetas y alfombrillas. Quicir, que no es cosa de una casa particular, sino que es una tradición local.

Ayer fuimos a San Sebastián a comprar comida para los perros, para la Vero, a cenar al chino y al cine. Flipad. Menudo planazo. La peli estuvo bastante bien: “El amor se mueve“. El chino no estuvo tan bien. La comida de los perros según lo previsto y la de la Vero… también. A la vuelta, conduciendo por la GM2, entre las nubes, vi la luna llena en lo alto del cielo y los destellos de luz bailando sobre las olas. “¿Te apetece ir a la playa?”. Yaron sonrió. Conduje hasta la playa de En Medio. Nos quedamos mirando el mar y la luna un rato desde la orilla. Como en las elecciones, hay que tener un pre, en plan última reflexión antes de tomar la decisión. Una vez tomada, quedarnos en pelotinguis y empezar a bucear fue casi uno.

Y fue taaaaaaan emocionante, tan divertido. Después de un ratito nadando y buceando, casi tiritando, nos dio la risa floja, no sé bien si del frío, de lo absurdo o de qué. “Podía haber traído las dos toallas que llevo en el coche”. PERO NO. Menuda crack. A los dos minutos se levantó oleaje peligroso (o eso dijo Yaron, que yo sigo sin distinguir lo malo de lo peor…) y me cogió la mano dentro del agua hasta encontrar el momento preciso para salir sin medio morir atragantados, como ya va siendo costumbre en mí.

De camino de vuelta estábamos completamente entregados cantando baladas de Luis Miguel cuando nos paró la Guardia Civil. Yo no daba crédito. ¿Que si veníamos de pasear por la playa? ¿De cuál de todas? ¿La de los cantos rodados tamaño huevo o tamaño pomelo? Estos peninsulares… Aquí no se puede pasear por la playa, señores, se nada o se bucea, pero no “se pasea”, que esto no es Benidorm.

Llegamos a casa con el pollo con almendras todavía sin siquiera empezar a digerir, planchados y sin ganas de dormir. Grrrr.

Hoy todo el día ha estado tronando, las nubes se deslizaban bajas, sobre el mar embravecido, en una especie de semioscuridad gris… y por eso durante todo el día ha resonado en mi cabeza esta canción:

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Mi sueño hippie – 2ª Parte

Debían de ser las 7 cuando Yaron suspiró: “Joder, qué noche más larga”. Hacía frío y a pesar del colchón creo que se podrían haber contado todas las piedras que teníamos debajo, solo con mirarnos la espalda. En el raspón del culo sentía latir el corazón, y la costra formándose, pero sin terminar de solidificar. Siento este detalle tan asqueroso, pero me parece necesario. Podéis proyectarlo en vuestra mente rollo “La vida es así” para que resulte menos repugnante, pero es que la vida realmente es así

En fin, yo, a pesar de todo, estaba encantada. Vimos amanecer y nos quedamos mirando el mar un buen rato, hasta que llegó un barco y echó el ancla frente a nuestra playa. “Voy a hacer café”. Hice fuego otra vez, inhalé humo como para abastecer a todo el cuerpo de bomberos del distrito centro de Madrid durante una semana y al cabo de unos 20 minutos volví con dos tazas de plástico de café en la mano. “Venga, vamos al agua”. Nadamos un rato y pasó una pareja mayor por nuestra playa. Creo que eran los vecinos de la playa de al lado. Iban a pescar. Todos en pelotinguis. Qué buen rollo. Nos sonreímos y saludamos. No me había sentido más en contacto con el mundo real en mi vida, joder.

Hice la comida mientras Yaron pintaba una acuarela preciosa. Luego recogimos el chiringuito, los 20 kilos de comida de más que habíamos traído posiaca y lo atamos todo bien al kayak. Nos calzamos los gorros de paja y con el bañador, nuestras gafotas de miope y los remos en la mano, emprendimos el camino de vuelta.

Nos despedimos de los vecinos, que estaban dormitando en su cueva y pasamos la playa de Chinguarime deprisa. Menudo ritmo llevábamos… Al llegar al final de la playa, Yaron puso rumbo al agujero. Sí, EL JODIDO AGUJERO DE MIERDA. Los seguidores del blog recordaréis este agujero por la última aventura acontecida hace ya algunas semanas, que los que andéis perdidos podéis leer aquí

–          No Yaron, por favor, por el agujero no.

–          Que sí, Yujúuu!!! Aventuraaaa!!!

–          Yaron, no tiene gracia!!! Yaron nos vamos contra la roca!!! Yaron se están haciendo remolinos dentro!!! Yaroooon!!!

–          No hagas eso, no, nooo, Mara, baja el remooo. NOOOOOOOO!!!

Y entonces volcamos. Como muy a cámara lenta, la verdad. Me agarré a un saliente de la roca, escupí el agua que pude y Yaron (no sé bien cómo) viró el kayak y lo puso otra vez boca arriba. Me subí. Se subió. Se me cayó el gorro, empapado, al agua. Lo saqué. Y entonces un chico llegó corriendo, acojonado. Solo nos dio tiempo a sonreír y gritarle “Estamos bieeeen, Graciaaassss”.

Salimos del jodido agujero de mierda remando a toda pastilla. Las gafas salpicadas de agua salada, los gorros chorreando, el corazón a 100.000. Y claro, me empecé a descojonar. Y Yaron también. Hicimos recuento de raspones nuevos y seguimos remando hasta llegar a la playa frente al estudio. Allí me tiré al agua para no entorpecer el desembarco, tropecé y me caí, por última vez, para poner la guinda a la excursión. Yaron se desconojaba y yo, ante lo acontecido, no podía sino resignarme a mi estigma de pringada irremediable.

Nos quitamos el salitre con una manguera y nos vestimos. Luego decidimos quitar todos los cuadros del estudio y redistribuir la exposición. A las 22h yo ya me quería morir, o que me suicidaran o algo, para terminar de una vez con todos mis dolores y mi sufrimiento. Creo que Yaron se debió de dar cuenta porque me dijo: “¿Ya, no?”. Y yo asentí.

De vuelta en casa hice recuento de daños:

Enorme raspón en el culo

Tremendo dolor de riñones

Uñas mugrientas no, the next

Heridas en los tobillos

Olor a humo en el pelo y toda la ropa

Raspadura en el codo

Morados en las piernas

Cortes en las plantas de los pies

Ampollas y grietas en las manos

Para ser un sueño hippie de 24h no está nada mal… ¿no? ¡Repetiremos!

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Mi Sueño Hippie – 1ª Parte

Este fin de semana bien podría haberse titulado “Qué bello es vivir” o “Con la muerte en los talones”… o no. Lo que sí es seguro es que pasará a la historia como un fin de semana cualquiera, en una vida cualquiera, sin que nadie sea realmente consciente de todos los peligros y aventuras que viví.

Sí, me siento muy Sue Charlton en Cocodrilo Dundee… y para que no penséis que trato de hacerme la interesante o que exagero lo más mínimo, paso a relataros mi historia, que provisionalmente he titulado: “El sueño hippie está bien… pero como sueño“.

Llenamos un bidón hermético de alimentos: frutos secos, cous-cous, fruta, agua, leche, cereales, café, patatas… Doblamos la colchoneta en un rollo lo más estrecho posible. Metimos en una bolsa algo de ropa, las gafas de bucear, aletas y dos sacos de dormir, un caldero, vasos y platos de plástico y el fusil. Nos pusimos los bañadores, cogimos los remos, dos toallas y atamos el kayak a la baca del coche. Llegamos a la playa y preparamos todo en la orilla para, con la siguiente ola fuerte, tomar el mar.

Remamos, remamos, remamos. Pasamos el Club Laurel, el hotel, la playa de Tapahuga, la playa de En Medio, la de Chinguarime y llegamos a Salvado. “Espero que la cueva princesa esté libre. ¡Es la mejor!“… Y estaba libre. Subimos todas las bolsas hasta la cueva y alejamos el kayak de la orilla. “Vamos a pescar”. Yaron se puso los guantes, las aletas y las gafas con el tubo. Yo mis gafitas con mi tubo y me dejé llevar por él, que con sus aletas iba súuuuper rápido. Lo vi bajar dos veces hacia las profundidades hasta casi, casi perderlo por completo de vista. Entonces me dijo: “Si estás cansada, puedes subir aquí y esperarme en estas rocas”. Hm, vale.

Nadé hasta la orilla. Esperé que llegara una ola para aprovechar el impulso y subirme a la roca con mayor facilidad. Una vez sobre la roca, me di cuenta de que era una roca aislada, y que para llegar a tierra firme necesitaba cruzar un par de metros en los que cada ratito entraba el mar, rompían las olas y se formaban unos remolinos espantosos. Cuando sentí que el mar bajaba en este tramo, empecé a caminar, con tan mala suerte que justo cuando había avanzado la mitad, entró una ola y me empezó a desestabilizar. Finalmente con el efecto desagüe me chupó hacia abajo, raspándome el muslo, el cachete y envolviéndome en un torbellino que me alejaba de la orilla y hacia el fondo. ¡Tragué tanta agua!

Luchaba por salir a flote y evitar golpearme la cabeza contra las rocas alrededor. Cuando por fin logré recuperar el aliento y flotar sin ser víctima de las corrientes, vi que estaba ya lejísimos de la orilla y opté por nadar sola de vuelta a la cueva.

Cuando llegué estaba en estado de shock. Me sangraban los raspones que me había hecho, además me escocían y tenía los niveles de adrenalina disparados. Para calmarme me comí media bolsa de almendras y esperé a Yaron junto a la playa, con los ojos cerrados. Entonces me acordé de la canción de El Muelle de San Blas y de la de Mecano de Naturaleza Muerta y me puse a pensar que igual no volvía y yo me quedaba ahí para siempre y los cangrejos me morderían los dedos de los pies y… bueno… Al final si volvió. Llegó acojonado, porque según se acercaba a la playa me veía ahí tirada, inmóvil, como si me hubiera caído de la cueva y me hubiera quedado tiesa.

Le conté mi aventura personal y me dijo: “No te vuelvo a dejar sola, lo siento, se me olvida que eres de Madrid“. Nos secamos, hicimos fuego y cocinamos los pescados que él había traido: Una vieja y dos catalufas. Salsa de soja, tjina, almogrote, cervecita y papas guisadas, y mientras cenábamos,  se escondió el sol detrás de la lomada, tiñendo el cielo de rosa y naranja y salpicándolo de estrellas. Yo me dormí enseguida, agotada con tantas emociones, arrullada por el murmullo de las olas y el tintineo del reflejo de la luna sobre el mar…

(continuará)

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Un rinconcito encantado

En un mes estaré de vuelta por mis Madriles. Por un lado me apetece regresar, por otro… acojona. Aquí es todo tan tranquilo, tan sencillo, tan natural, que me da miedo sentirme Cocodrilo Dundee en la jungla de asfalto, a pesar de ser indígena urbana.

Ayer fuimos a El Cedro, el bosque, el corazón de la isla. Comimos potaje de berros con gofio y garbanzas con carne fiesta. Luego bajamos por el monte hacia Hermigua: el mar y el norte de Tenerife de fondo, junto a un arroyo, entre árboles frondosos, palmeras y lagartos. Al final del camino había una presa. Junto a la presa, uno de los rincones más hermosos que he visto nunca.

Por un recoveco en la montaña discurría una pequeña cascada sobre las rocas, cubiertas de musgo. Junto al caminito había plantas de ñame con hojas de más de medio metro de largo. Al mirar por encima de la última roca sobre la que se deslizaba el agua, se veía más maleza, algunos mosquitos, y el cielo azul detrás, con el sol brillando en una abertura del ramaje. Se podían ver los rayos de luz bañando la maleza y el arco iris en el perímetro de la esfera del sol, fruto del frescor del aire.

Nos quedamos pasmados, disfrutando de aquel espectáculo de colores y sensaciones un buen rato. Yaron se emocionó. Dice que va a hacer un cuadro, que es uno de los rincones más bonitos que ha conocido en la isla. ¡Ese lugar está encantado!

Regresamos por el mismo camino, montaña arriba, y para recuperar fuerzas nos tomamos un helado antes de volver a Playa Santiago. De vuelta decidimos parar en casa de Hannah, la amiga inglesa de Yaron que también  es pintora. Estuvimos con ella, Lee y la niña dibujándonos retratos los unos a los otros, a la luz de las velas, comiendo papas fritas y bebiendo té de su jardín. Después de muchas, muchas risas y gastar la goma de borrar, bajamos a casa de Yaron a cenar: batido de plátano natural, unas magdalenas de Herrera (las mejores del mundo) y otro té. Luego pusimos música y estuvimos bailando, corriendo y saltando por el salón hasta las mil. Ventajas de vivir en mitad del campo, que no hay que pensar en no molestar a nadie.

Hoy Yaron ha empezado a pintar el cuadro del rinconcito encantado. No creo que pueda plasmar, ni con todos los colores del mundo, toda la magia de aquel momento.

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El Cielo de Canarias

El Cielo de Canarias / Canary sky – Tenerife from Daniel López on Vimeo.

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Quien tiene un amigo…

Qué raro, pero qué guay, es esto de librar cuando a uno le apetece. Ayer por la mañana decidí limpiar la campana de la cocina, que tenía grasa como para hacer 12 kilos de donuts. Al meter la mano hacia arriba toqué como un alambrito. Al mirar, me pareció como una rama de tomate. Al sacarlo… Al sacarlo casi me muero. Era un pobre prakan muerto y disecado. Dios.

Después de recuperar el pH gástrico tras este trágico incidente, bajé a la playa. Había mar de fondo, así que decidí irme a comprar fruta y verdura al pueblo y a ver a Nuria. Como ayer era el cumpleaños de Manolo (su marido) fuimos juntas a comprarle un regalo y de paso me compré un mono marinero de rayitas blancas y rojas que dice Nuria que me estaba esperando. Mira que yo no soy de trapitos, pero es que el mono es taaan… mono. Juas. Luego comimos en casa de Nuria y por la tarde me fui a la playa de Tapahuga a siestear, aunque sin tocar el agua. Ains.

A las 19:30h  recogí a mi amiga la nadadora, su marido y su hijo, para subir a cenar a Las Palmeras, el sitio con el mejor mojo verde y almogrote de la isla. Ñam.

Claro, la otra noche nos lo pasamos tan bien, fue una velada tan agradable, que decidimos salir a cenar juntos también anoche. Anteayer cenamos los cuatro con Yaron, un pintor israelí que lleva 15 años en Gomera, y sus hijos, de 5 y 7 años. Yaron me cayó muy bien y me dijo que cuando me apetezca me puedo pasar a verle, que tiene un grupo de gente al que estoy invitada a unirme para hacer vida social. ¡Chachi!

El caso es que ayer cenamos en Las Palmeras Heike, Helmut, Alexander y servidora… y nos pusimos las botas. Qué maravilla de sitio: Gambas, ensalada con dátiles, almogrote, mojos, cherne… Todo regado con un vino blanco gomero delicioso y para terminar unos chupitos gomerones: Parra (aguardiente) con miel de palma. Mmm. ¡Me lo apunto para sorprender a mis invitados!

Estuvimos contándonos anécdotas y aventuras. Ellos han viajado por todo el mundo. Les encanta Namibia y en algunas semanas viajarán a Nueva York. Hablamos del trabajo, de la crisis, de deporte… ¡Heike batió su primer récord del mundo con 16 años! Luego Alexander estuvo haciendo trucos de magia. Nos reimos mucho. Fue una noche entrañable.

Al final de la cena volvieron a darme mil veces las gracias… y yo de vuelta. Me invitaron a visitarles en Alemania y nos intercambiamos los mails. Tenemos que seguir en contacto. Helmut me sugirió que cuando sienta que necesito evolucionar, progresar en mi trabajo, que le escriba un email. Él es presidente regional de la asociación alemana de hoteles y restaurantes y director de un hotelazo en Alemania que pertenece a una de las cadenas de hoteles más importantes del mundo, con más de 4.000 hoteles. Yo con los ojos como platos, obv.

Llegué a casa pensando: Qué gente tan interesante, qué vidas tan intensas, cuánto éxito, cuánto dinero, cuántas posibilidades… y qué suerte: Cuánto amor. Amor puro. Desde fuera uno siente que se aman, que son felices… y eso se transmite. Lo que uno tiene dentro, lo proyecta y contagia a los demás. Qué placer y qué orgullo poder compartir estos momentos con personitas tan maravillosas.

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Bettina & Mara vs Thelma & Louise

El lunes me lo cogí libre, aprovechando que Bettina (mi compi de recepción austriaca) también libraba, y nos fuimos de paseo, pi, pi, pi. La recogí a las 9h en su casa y subimos tranquilamente con el coche hasta Pajaritos para hacer la subida a pie al mítico (a la par que místico) Alto de Garajonay, la cima de la isla, de más de 1.400m de altura. Bueno, vale, la rutita que hicimos es solo 1Km, pero merece la pena, aunque entre la leyenda y todo lo que había oido hablar del Alto, me esperaba algo más mágico. Sin embargo, subir al Alto de Garajonay es un must.

Luego bajamos hasta Chipude, para emprender la subida a La Fortaleza, un macizo de origen volcánico que se yergue en mitad de un valle. En lo alto encontraron huesos de animales porque, por lo visto, para los aborígenes era un lugar sagrado y allí hacían sacrificios y rituales. La subida fue bastante jodida, la verdad, y peligrosa. Había tramos en los que había que trepar por la roca sin protección de ningún tipo. Un paso en falso y nos íbamos al fondo del barranco. Menos mal que las dos somos intrépidas aventureras y estamos preparadas para eso y más y logramos la hazaña sin mayor dificultad. Por cierto, vimos un macho cabrío que yo pensaba que era un Yak. Menudo bicho… ¡y menudos cuernacos!

Ya a la hora de comer condujimos hasta Valle Gran Rey y comimos pargo fresco y chopitos con un par de Doradas bien fresquitas. De postre, el mejor helado que he probado en mi vida, en una heladería artesana. Sabrosísimo, delicado, suave, refrescante. Mmmm. Me encantó.

Tarde de siesta y playita. Nos tomamos una última cervecita escuchando un concierto de jazz en la calle y volvimos para casa ya de noche, bastante acojonadas por una posible plaga de zombies en los tramos de carretera por medio del bosque.

¡Nos lo pasamos genial! Ojalá repitamos pronto.

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Sustitutos

Capital del “reino” Madrid -> San Sebastián de La Gomera (La Villa)

Oficina del INEM en Madrid -> Oficina en la Lomada de Tecina

Oficina del INEM en C/Canillas -> Despacho en la Lomada de Tecina

Habitación con vistas a la Avenida de América -> Apartamento con vistas al mar

A-3 -> Carretera para la playa al borde del acantilado

Terracitas de verano -> Playa del Medio

 

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Canariadas

Es inevitable. Lo intento, pero no puedo luchar contra ello. El lenguaje es fruto de la vida en sociedad y a mí se me pega todo con una facilidad pasmosa, muchachos. Trato de no dejarme llevar por los dejes y las muletillas locales, pero son irresistibles. Por eso quiero compartir con ustedes mis mayores canariadas, contagiadas en mis primeros 10 días en la isla. Esto se lo cuento, no se vayan a sorprender, delante de un juguito de mango, en el Tagoror, una terracita cerca de casa que estoy frecuentando porque me inspira y me relaja. Me vieron entrar con las cholitas y el pelo mojado y uno de los camareros me preguntó: “¿Pero no volvía a trabajar hoy?”. Le contesté: “Claro mi niño, es que yo trabajo aquí, en el Tecina”. Es un lugar fabuloso y los camareros son encantadores.

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